Pactar para salvar al país
Una crisis de muchos vertices
A mediados de los años setenta, España se asomaba a la democracia con una mochila económica explosiva sobre los hombros. La muerte de Francisco Franco en 1975 no solo abría una incógnita política, también destapaba las costuras de una crisis que el régimen había maquillado durante años. La primera crisis del petróleo de 1973 había encarecido la energía, disparado los costes de producción y arrastrado a la baja a las economías occidentales; España, que llegaba tarde a casi todo, no fue una excepción. De pronto, los españoles que miraban con expectativa el final de la dictadura se encontraron también con la carestía de la vida, las colas del paro y la sensación de que el dinero se evaporaba entre las manos.
La inflación es quizá el dato que mejor encarna aquel vértigo. En 1977, el año de los Pactos de la Moncloa, los precios subían a ritmos cercanos al 26‑27% anual, con picos que llegaron a superar el 30% en algunos momentos del año. Comprar pan, llenar la cesta de la compra o pagar el alquiler se convertía en una carrera contra el reloj: lo que hoy costaba cien, mañana podían ser ciento diez. El Estado franquista había mantenido durante años una Junta Superior de Precios que contenía artificialmente algunas tarifas, pero con el cambio de ciclo esa contención saltó por los aires y la inflación oculta se hizo visible de golpe. Para las familias, la experiencia era muy concreta: el sueldo se quedaba viejo antes de llegar a fin de mes.
Al mismo tiempo, el desempleo comenzó a emerger como un problema estructural, una novedad incómoda en un país donde el paro se había disimulado durante décadas mediante la emigración masiva a Europa. Con la crisis internacional, muchos de esos emigrantes comenzaron a regresar a España justo cuando las empresas, especialmente en la industria, recortaban plantillas o cerraban sus puertas. Las cifras oficiales dan una idea del salto: de unos 325.000 parados en 1973 se pasó a más de 620.000 a finales de 1976 y a unos 760.000 un año después, con una tasa de paro cercana al 5,7% que seguiría escalando en los años siguientes. Más allá de los porcentajes, la percepción social era clara: el trabajo empezaba a faltar precisamente cuando se abría la esperanza de una vida más libre.
A la inflación y al paro se sumaba un tercer frente: la desconfianza de los mercados y la fuga de capitales. Desde los últimos años del franquismo, empresarios y grandes fortunas habían empezado a sacar dinero del país ante el temor a cambios bruscos en las reglas del juego económico. La balanza de pagos presentaba fuertes desequilibrios, el déficit exterior superaba los 11.000 millones de dólares y la inversión privada se retraía, alimentando un círculo vicioso de menos empleo y más incertidumbre. La economía española, fuertemente intervenida y acostumbrada al corporativismo del régimen, no encontraba su sitio en un entorno internacional cada vez más competitivo.
En ese contexto, la devaluación de la peseta se convirtió en una herramienta tan técnica como dramática. A mediados de los setenta y en los primeros compases de la Transición, el Gobierno recurrió a varias devaluaciones de la moneda para intentar recuperar competitividad exterior y corregir los desequilibrios de la balanza de pagos. Devaluar significaba, en la práctica, abaratar los productos españoles en el extranjero, pero también encarecer las importaciones y empobrecer a los ciudadanos dentro del país: lo que se ganaba vendiendo fuera se perdía, al menos a corto plazo, en poder adquisitivo interno. La peseta se convirtió así en un termómetro del malestar: cada anuncio de devaluación confirmaba a ojos de la gente que la crisis iba para largo.
Esta tormenta económica coincidía con una transición política frágil, en la que el nuevo Estado democrático aún estaba por construirse. El Gobierno de Adolfo Suárez, salido de las primeras elecciones libres de junio de 1977 sin mayoría absoluta, se movía en un equilibrio precario entre las presiones de los poderes económicos, el miedo de los sectores franquistas y las expectativas de una sociedad movilizada. Las fábricas y los barrios obreros vivían una intensa conflictividad laboral; las huelgas y las asambleas se sucedían, y los sindicatos recién legalizados, con Comisiones Obreras y UGT a la cabeza, se convertían en actores centrales de la escena pública. La calle era, literalmente, un parlamento paralelo.
En las grandes ciudades, las manifestaciones se volvieron parte del paisaje cotidiano. Se protestaba por los salarios, por el precio de los productos básicos, por el retraso en las reformas políticas, por la amnistía completa, por la represión policial. Cada subida de precios o noticia de cierre de una empresa podía desencadenar movilizaciones masivas, en un clima de crispación alimentado también por la violencia política, desde el terrorismo de extrema derecha y de ETA hasta los ecos todavía recientes de la matanza de Atocha. La sensación de que todo podía descarrilar —la economía, la apertura política, la paz social— estaba muy presente en la conversación pública.
Los sindicatos vivían una paradoja: su fuerza en la calle crecía al calor de la crisis, pero al mismo tiempo se les empezaba a pedir responsabilidad para no “quemar” la Transición. Los empresarios, por su parte, reclamaban un programa de ajuste que frenara la escalada de costes laborales y devolviera previsibilidad a los mercados. Los partidos de izquierda, recién llegados a la legalidad —PSOE y PCE—, debían decidir si apostar por mantener la presión social o aceptar sacrificios a cambio de consolidar la democracia. Y en medio de todos ellos, el equipo económico del Gobierno, con Enrique Fuentes Quintana al frente, advertía que, sin un pacto de amplio espectro, el país se encaminaba hacia una espiral de inflación y paro muy difícil de controlar.
La carestía de la vida se convirtió así en un problema no solo económico, sino también político y cultural. Las familias ajustaban al límite sus presupuestos, aplazaban compras, sacrificaban vacaciones y se endeudaban a tipos de interés que superaban con facilidad el 10%, y poco después el 20% en algunos créditos. Los pequeños comerciantes sufrían la caída del consumo y el aumento de costes, y muchos trabajadores veían cómo las subidas salariales pactadas en convenios quedaban por debajo de la inflación real, lo que alimentaba la sensación de injusticia. La expresión “matemáticas de la burguesía”, acuñada por el dirigente sindical Marcelino Camacho para denunciar esos acuerdos, condensaba el malestar de una clase trabajadora que sentía que pagaba los platos rotos.
En ese clima de crispación, con la sociedad en permanente movilización y una economía al borde del descontrol, surgió la idea de un gran acuerdo de país. No era solo una cuestión de cifras macroeconómicas, sino de supervivencia del propio proceso democrático. Frenar la inflación, contener el desempleo y estabilizar la peseta se convirtieron en condiciones previas para que la nueva España democrática pudiera nacer sin el lastre de una crisis inabordable. Los Pactos de la Moncloa, firmados en octubre de 1977, serían la respuesta a esa encrucijada. Pero antes de llegar a la mesa de negociación, el país había pasado por un túnel de encarecimiento de la vida, miedo al futuro y conflicto en la calle que dejó una huella profunda en la memoria colectiva.
Los Pactos de la Moncloa
Los Pactos de la Moncloa convertirán los ámbitos gubernamentales durante semanas en una especie de “Constituyente económica” donde se decide cuánto va a costar la Transición a cada actor. Entre julio y octubre de 1977, Adolfo Suárez convoca a los líderes de los partidos con representación parlamentaria, a los sindicatos y a las organizaciones empresariales para transformar el desorden económico en una hoja de ruta compartida. Detrás del mito del consenso hay un proceso muy concreto de negociación, recelos cruzados y cálculo político milimétrico.
La figura que vertebra ese proceso es el vicepresidente económico, Enrique Fuentes Quintana, catedrático de Hacienda Pública, al que Suárez incorpora tras las elecciones con la misión de diseñar un “plan de salida” a la crisis. Su creación como vicepresidente del área económica simboliza la toma de conciencia de que la apertura política necesitaba una apertura económica de igual calado, orientada hacia Europa. Fuentes Quintana apuesta por la transparencia: solo diciendo la verdad sobre la magnitud del problema puede pedir a la sociedad un esfuerzo tan duro como el que se avecina, en forma de moderación salarial, reforma fiscal y ajuste del gasto.
El itinerario negociador arranca con una ronda de consultas en Moncloa en la que el presidente y los ministros económicos reciben por separado a los líderes de los grupos parlamentarios. El objetivo es claro: no un pacto social restringido a sindicatos y patronal, sino un gran acuerdo político con todos los partidos, de ahí el diseño en dos niveles que cristaliza después en el Acuerdo económico de “saneamiento y reforma” y en el Acuerdo político sobre “actuación jurídica y política”. Sobre esos dos textos trabajan comisiones con técnicos ministeriales y representantes de los partidos, mientras la comisión de Economía de las Cortes se convierte en escenario clave para fijar prioridades y ritmos.
En torno a la mesa se sientan los grandes nombres de la Transición. Por parte del Gobierno, Suárez y sus hombres fuertes —Fuentes Quintana, Fernando Abril Martorell, Leopoldo Calvo-Sotelo— marcan la pauta. Enfrente, Felipe González por el PSOE, Santiago Carrillo por el PCE, Miquel Roca, Joan Reventós, Juan Ajuriaguerra o Enrique Tierno Galván representan un arco amplio, desde la izquierda comunista al nacionalismo conservador. Alianza Popular participa y firma el documento económico, pero rechaza el pacto político, subrayando su distancia respecto al consenso de fondo.
El baile con los interlocutores sociales es igual de delicado. Las asociaciones empresariales se incorporan desde el principio, interesadas en la contención salarial y en la seguridad jurídica que prometen los Pactos. Entre los sindicatos, Comisiones Obreras se implica como firmante, UGT acaba sumándose tras muchas dudas y la CNT rechaza de plano el acuerdo, lo que obliga al Gobierno a no tensar la cuerda para evitar que el pacto se traduzca en más conflictividad en la calle. El PSOE recela de lo que interpretará como una “pinza” entre UCD, PCE y CCOO, mientras que al PCE le interesa aparecer como interlocutor privilegiado del Gobierno para consagrarse como fuerza responsable de Estado.
Sobre todo este tejido de desconfianzas se despliega una estrategia de comunicación medida. Durante las fases iniciales, Moncloa mantiene una discreción casi total sobre el detalle de las conversaciones, limitándose a reconocer reuniones y a filtrar que se trabaja en un gran pacto para “salvar la economía y la democracia”. El 25 de octubre de 1977 se firma en el Palacio de la Moncloa el Acuerdo económico y el Acuerdo político ante las cámaras y la prensa, y en los días siguientes Suárez y su equipo utilizan Televisión Española, la radio y los diarios de referencia para presentar los Pactos como un esfuerzo compartido en el que todos —partidos, sindicatos, empresarios y ciudadanos— van a asumir sacrificios a cambio de estabilidad democrática. Bajo esa escenografía se fabrica, día a día y cláusula a cláusula, la idea misma de consenso que todavía hoy se invoca cada vez que alguien reclama “unos nuevos Pactos de la Moncloa”.




































