Las primeras elecciones democráticas
Las elecciones generales del 15 de junio de 1977 fueron un acontecimiento de dimensiones históricas para España. Constituyeron los primeros comicios libres celebrados en el país desde febrero de 1936, durante la Segunda República, y los primeros tras casi cuatro décadas de dictadura franquista. Su celebración fue el resultado de un proceso de reforma política que, en apenas dos años, había desmantelado las instituciones del régimen anterior y abierto las puertas a un sistema democrático pluralista.
Adolfo Suárez, presidente
El camino hacia las urnas había comenzado el 3 de julio de 1976, cuando el rey Juan Carlos I designó a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, un nombramiento que tomó por sorpresa a buena parte de la clase política y de la prensa. Suárez, un joven político procedente del propio aparato franquista —había sido secretario general del Movimiento—, anunció desde su primera comparecencia pública que su objetivo era conseguir «que los Gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles» y comprometió la convocatoria de elecciones generales antes del 30 de junio de 1977.
Campaña Electoral
La campaña electoral se abrió oficialmente el 24 de mayo de 1977 y se prolongó durante 21 días, de acuerdo con lo establecido por el real decreto de normas electorales. Fueron jornadas de una intensidad sin precedentes en la España contemporánea: 589 candidaturas presentaron cerca de 6.000 candidatos para disputar los 350 escaños del Congreso de los Diputados y los 248 del Senado.
Elecciones
Resultados
Los resultados dibujaron un panorama de clara apuesta por la moderación política. Los españoles, tras cuarenta años sin poder expresarse en las urnas, optaron mayoritariamente por opciones de centro y centroizquierda, dejando en los márgenes tanto a la derecha heredera del franquismo como a la izquierda comunista.
El camino hacia las urnas había comenzado el 3 de julio de 1976, cuando el rey Juan Carlos I designó a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, un nombramiento que tomó por sorpresa a buena parte de la clase política y de la prensa. Suárez, un joven político procedente del propio aparato franquista —había sido secretario general del Movimiento—, anunció desde su primera comparecencia pública que su objetivo era conseguir «que los Gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles» y comprometió la convocatoria de elecciones generales antes del 30 de junio de 1977.
El instrumento jurídico fundamental fue la Ley para la Reforma Política, aprobada por las propias Cortes franquistas el 18 de noviembre de 1976 y ratificada en referéndum popular el 15 de diciembre de ese año con un 94,2% de votos favorables y una participación superior al 77%. Aquella ley creaba unas nuevas Cortes bicamerales —Congreso de los Diputados y Senado— elegidas por sufragio universal y liquidaba de hecho todas las instituciones franquistas, con lo que «reformar» significaba, en la práctica, poner fin al régimen anterior. A partir de ese momento, Suárez quedó legitimado por el voto popular para conducir la transición hacia la democracia.
La campaña electoral: 21 días para inventarse
La campaña electoral se abrió oficialmente el 24 de mayo de 1977 y se prolongó durante 21 días, de acuerdo con lo establecido por el real decreto de normas electorales. Fueron jornadas de una intensidad sin precedentes en la España contemporánea: 589 candidaturas presentaron cerca de 6.000 candidatos para disputar los 350 escaños del Congreso de los Diputados y los 248 del Senado. La pegada de carteles empapeló «hasta el último rincón de las ciudades» y se convirtió en una estampa icónica de aquellas semanas. Se celebraron aproximadamente 22.000 mítines en plazas de toros, recintos deportivos y polideportivos de toda España. El PSOE y el PCE fueron los partidos que congregaron a las multitudes más numerosas en sus actos, con figuras como Felipe González y Santiago Carrillo arrastrando a decenas de miles de simpatizantes. Si las elecciones se hubieran medido por la asistencia a los mítines, como señalaron observadores de la época, Fraga y Carrillo las habrían ganado.
Sin embargo, la constante presencia de la UCD en los medios de comunicación estatales —televisión y radio— acabó revelándose decisiva. Suárez se negó a debatir con ningún rival y explotó el control gubernamental sobre los medios para realizar una aplastante campaña propagandística. Los nueve partidos y coaliciones que presentaron candidaturas en 25 o más distritos electorales tuvieron derecho a intervenir en espacios electorales de Televisión Española, en lo que constituyó la primera experiencia de publicidad política televisada en España.
Cada formación apeló a un electorado diferente con estrategias marcadamente distintas. El PSOE apostó por una imagen de juventud y renovación, con el joven abogado sevillano Felipe González como rostro del cambio. Sus carteles proclamaban «La libertad está en tu mano. Vota PSOE». El PCE, por su parte, apeló al voto trabajador con lemas como «Pon tu voto a trabajar» y, simultáneamente, lanzó un mensaje de reconciliación llamando a evitar «una nueva guerra civil». Alianza Popular recurrió al reclamo directo de su líder —«Vota Fraga, Fraga conviene»—, pero se vio perjudicada por la presencia en sus listas del expresidente Carlos Arias Navarro, cuya postura inmovilista recordaba los peores años del tardofranquismo.
Una de las claves de aquella campaña fue la edad y la imagen de los candidatos. El PCE nutrió sus listas con numerosos veteranos de la Guerra Civil, lo que en muchos electores evocaba un pasado doloroso. El PSOE, en cambio, hizo un esfuerzo notable de rejuvenecimiento, promocionando a una nueva generación de políticos. La figura de Felipe González, con apenas 35 años, contrastaba vivamente con la de Santiago Carrillo, que representaba la vieja guardia antifranquista. La presencia de la socialdemocracia europea también marcó la campaña: personalidades como Willy Brandt y Olof Palme visitaron España para arropar al PSOE, lo que otorgó al partido socialista una proyección internacional de primer orden.
El día de la votación: 15 de junio de 1977
El miércoles 15 de junio de 1977 amaneció como una jornada histórica para España. Por primera vez en más de cuatro décadas, los ciudadanos españoles —todos los mayores de 21 años, hombres y mujeres— estaban llamados a elegir libremente a sus representantes. La convocatoria fue realizada por el presidente del Gobierno mediante el Real Decreto 679/1977, de 15 de abril. Los principales líderes políticos acudieron a votar en las primeras horas de la mañana, en un desfile que las cámaras de televisión siguieron con minuciosidad: Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Enrique Tierno Galván y Joaquín Ruiz Giménez depositaron sus papeletas ante un enjambre de periodistas. En el Palacio de Congresos del Ministerio de Información y Turismo se montó un centro de prensa donde se acreditaron 804 informadores extranjeros procedentes de cerca de 50 países, una cifra que daba la medida del interés mundial por lo que ocurría en España.
La jornada transcurrió con absoluta normalidad, sin incidentes significativos. Los ciudadanos, muchos de los cuales ejercían el derecho al voto por primera vez en su vida, se enfrentaron también por primera vez a la experiencia de ser miembros de las mesas electorales. La participación resultó muy elevada, cercana al 79% del censo, lo que reflejaba la ilusión colectiva por estrenar la democracia. El recuento fue lento. Los resultados no comenzaron a llegar hasta la tarde del día siguiente. El ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa, compareció ante la prensa en distintas ocasiones a lo largo de la noche y la madrugada para dar avances provisionales. La tensión y la expectación se prolongaron durante horas, mientras periodistas y ciudadanos seguían el escrutinio por radio y televisión.















































Los resultados: el triunfo de la moderación
Los resultados dibujaron un panorama de clara apuesta por la moderación política. Los españoles, tras cuarenta años sin poder expresarse en las urnas, optaron mayoritariamente por opciones de centro y centroizquierda, dejando en los márgenes tanto a la derecha heredera del franquismo como a la izquierda comunista.
La UCD de Adolfo Suárez se alzó con la victoria al obtener 165 escaños —a solo 11 de la mayoría absoluta— y el 34,44% de los votos. Fue un resultado notable para una coalición que apenas había existido unas semanas antes de las elecciones y que debía buena parte de su éxito al carisma personal de Suárez y al dominio de los medios de comunicación estatales.
La otra gran revelación fue el PSOE de Felipe González, que con 118 diputados y el 29,32% de los sufragios se convirtió en el principal partido de la oposición y en la fuerza hegemónica de la izquierda española. El joven líder socialista había logrado arrebatar esa posición al PCE, que durante cuarenta años había sido la columna vertebral de la lucha antifranquista. González «colocó al PSOE en la proa de la España que iba a modernizarse», según los analistas de la época.
El PCE de Santiago Carrillo sufrió un resultado decepcionante: apenas 20 diputados y un 9,33%. No se correspondía ni con su organización —la más potente de la oposición clandestina— ni con su papel histórico en la lucha contra la dictadura. Carrillo reconoció posteriormente que fue un error no haber renovado sus listas electorales, recurriendo en exceso a veteranos de la Guerra Civil. El tropiezo alejó definitivamente la posibilidad de que el comunismo español alcanzara la relevancia que sus homólogos tenían en Italia o Francia.
Alianza Popular, la formación de Manuel Fraga, quedó relegada a 16 escaños y un 8,21%. A pesar de su abundancia de recursos económicos y de sus políticos conocidos, no logró capitalizar el voto conservador, que en buena medida fue a parar a la UCD. El PSP de Tierno Galván obtuvo solo 6 diputados. La Federación de la Democracia Cristiana de Ruiz Giménez y Gil Robles no consiguió ningún escaño a pesar de obtener más de 215.000 votos, lo que prácticamente eliminó a los democristianos de la vida política española.
Los partidos nacionalistas lograron una presencia relevante: el Pacte Democràtic per Catalunya de Jordi Pujol obtuvo 11 diputados, y el PNV alcanzó 8 en el País Vasco. También obtuvieron representación Euskadiko Ezkerra (1 escaño), Esquerra de Catalunya (1) y la Candidatura Aragonesa Independiente de Centro (1). Ni la extrema derecha ni la extrema izquierda consiguieron representación parlamentaria alguna.
Se dibujó así un sistema que los politólogos denominaron de «bipartidismo imperfecto»: dos grandes fuerzas centrales —UCD y PSOE— acaparaban el 63% de los votos y más del 80% de los escaños (283 de 350), flanqueadas por dos partidos menores en los extremos —AP a la derecha y PCE a la izquierda—, con la excepción de los nacionalismos periféricos en Cataluña y el País Vasco. La noche electoral y las horas posteriores estuvieron marcadas por una mezcla de alivio, alegría contenida e incertidumbre. El hecho de que los comicios se hubieran desarrollado sin violencia ni incidentes significativos fue en sí mismo una victoria colectiva. España demostraba que podía transitar de la dictadura a la democracia por las urnas y no por las armas.
En la sede de UCD, la euforia se desbordó cuando los datos fueron confirmando la victoria de Suárez. En el cuartel general del PSOE, la satisfacción fue igualmente intensa: González había conseguido colocar al socialismo español como primera alternativa de gobierno, un resultado que muy pocos habrían previsto apenas un año antes. En las filas del PCE, en cambio, reinaba la perplejidad. Carrillo, que había esperado resultados muy superiores, tuvo que encajar un golpe que marcaría el futuro de su partido. También Alianza Popular esperaba un mayor resultado y la decepción se hizo sentir en sus diferentes sedes a lo largo del país. La prensa internacional cubrió ampliamente los resultados. La consolidación de un centro moderado y la ausencia de extremismos fueron interpretadas como una señal enormemente positiva para la joven democracia española y para la estabilidad de la Europa occidental.









