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Una Transición nacida en el exilio

Durante décadas, el exilio se convirtió en un espacio de resistencia donde se preservaron los valores democráticos y la herencia intelectual de la Segunda República. Lejos de España, dirigentes políticos, escritores y pensadores mantuvieron viva la reflexión sobre el país y su futuro, a menudo desde revistas, universidades y círculos culturales dispersos por América y Europa. En esos escenarios de memoria y debate, el exilio actuó como refugio moral y laboratorio de pensamiento, anticipando parte del ideario que más tarde impregnaría la Transición democrática.
Con la muerte de Franco, el retorno de figuras representativas del republicanismo y de la resistencia antifranquista simbolizó el proceso de reconciliación nacional. Claudio Sánchez Albornoz, presidente del Gobierno de la República en el exilio y destacado historiador, regresó para reivindicar el valor del diálogo y la recuperación de una cultura política liberal y humanista. Victoria Kent, paradigma del compromiso cívico y pionera en la defensa de los derechos de las mujeres y en la reforma penitenciaria, volvió también a una España en transformación, consciente de la distancia entre el país que dejó y el que encontró.

En un plano más simbólico, la repatriación de los restos mortales de Francesc Cambó —principal referente de un catalanismo conservador y estatalista, clave en la articulación del nacionalismo catalán en el primer tercio del siglo XX— representó otra forma de regreso: la restitución de una presencia política e intelectual cuyo eco había quedado suspendido por la dictadura. Estos movimientos, tanto humanos como simbólicos, marcaron el reencuentro entre la España del exilio y la España de la Transición, un diálogo necesario para reconstruir la continuidad histórica interrumpida durante cuarenta años.

Retornos políticos: Claudio Sánchez-Albornoz y Josep Tarradellas

"Ciutatans de Catalunya, ja sóc aquí"

Claudio Sánchez-Albornoz: el historiador que volvió a pisar Madrid

Claudio Sánchez-Albornoz y Menduiña fue una de las figuras intelectuales y políticas más complejas del exilio republicano español. Su doble condición de historiador medievalista de prestigio internacional y de hombre público con altas responsabilidades en la República hizo de su trayectoria un caso singular en el que la investigación académica y la acción política se entrelazaron de manera inseparable. 

La muerte de Franco en noviembre de 1975 abrió la posibilidad largamente esperada. Solo quince días después del fallecimiento del dictador, el 6 de diciembre, el diario ABC publicaba en primicia una carta manuscrita de Sánchez-Albornoz en la que anunciaba su intención de viajar a España: «Yo soy republicano, pero puede nuestra Patria encontrar su camino en la Monarquía liberal a la inglesa. No será fácil lograrlo. […] Si mejoro y recupero mis fuerzas, allá por el buen tiempo haré un rápido viaje a España». La carta revelaba un gesto de notable pragmatismo político: sin renunciar a su condición de republicano, el veterano historiador expresaba su disposición a aceptar una monarquía parlamentaria como marco legítimo para la convivencia democrática.

El 23 de abril de 1976, aterrizaba en el aeropuerto de Barajas Sánchez-Albornoz, acompañado por su hijo Nicolás y sus nietos. El historiador, que contaba ya ochenta y tres años, pisaba suelo español por primera vez en casi cuatro décadas. Las cámaras de TVE registraron el momento y sus primeras palabras fueron difundidas por el conjunto de los medios de comunicación. «Dije que vendría llorando y llorando estoy. No tengo más que una palabra: Paz. Nos hemos matado ya demasiado. Entendámonos en un régimen de libertad», declaró nada más descender del avión.

Las declaraciones de Sánchez-Albornoz durante su estancia gravitaron en torno a una idea central: la reconciliación como imperativo histórico y moral. «Ha llegado la hora de la reconciliación de los españoles. No seáis locos. Dejad paso a la cordura y a la reflexión. Temo a vuestra pasión y a la ambición de algunos hombres», advirtió en una entrevista recogida por varios medios. 

Josep Tarradellas: «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!»

Josep Tarradellas i Joan representa, dentro del universo de los retornos del exilio, el caso más singular y políticamente productivo de toda la Transición española. A diferencia de otros regresos que tuvieron un valor fundamentalmente simbólico o testimonial, el de Tarradellas culminó en la restitución efectiva de una institución de gobierno —la Generalitat de Catalunya—, convirtiéndola en la única institución republicana restablecida antes de la aprobación de la Constitución de 1978.

Tarradellas había desempeñado funciones políticas desde los años de la República, ocupando cargos en los gobiernos catalanes del período. Abandonó España el 14 de febrero de 1939, al final de la Guerra Civil, y fijó su residencia en Francia. En 1954, tras la muerte de Josep Irla, fue elegido presidente de la Generalitat en el exilio, cargo que ejerció durante más de dos décadas. Tarradellas mantuvo viva la llama institucional de la Generalitat con una tenacidad que a menudo fue cuestionada, pero que a la postre se revelaría decisiva. 

La reclamación del retorno de Tarradellas y de un nuevo Estatut de autonomía contaba con el respaldo de todos los partidos catalanes, a excepción de Alianza Popular, y de toda la izquierda española. La Diada del 11 de septiembre de 1977, la primera autorizada desde la derrota de la República, reunió a más de un millón de personas en Barcelona bajo el lema «Llibertat, Amnistia, Estatut d’Autonomia», evidenciando una demanda social masiva que el gobierno central no podía ignorar.

El 29 de septiembre de 1977, el Consejo de Ministros aprobó el Real Decreto-ley 41/1977 que restablecía provisionalmente la Generalitat de Catalunya y derogaba el decreto franquista de 1938 que había suprimido todas las instituciones catalanas. Con esta medida, el gobierno de Suárez reconocía la legitimidad de la Generalitat tanto en su etapa republicana como en su etapa en el exilio.

El 23 de octubre de 1977, Josep Tarradellas aterrizó en el aeropuerto de El Prat de Llobregat acompañado por su familia. El trayecto desde el aeropuerto hasta la plaza de Sant Jaume se convirtió en una demostración masiva de la ilusión que la restauración del autogobierno había generado en la sociedad catalana. Desde el balcón del Palau de la Generalitat, ante una plaza abarrotada, Tarradellas pronunció las seis palabras que pasarían a la historia: «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!» («Ciudadanos de Cataluña, ya estoy aquí»).

Dos días después, el 25 de octubre de 1977, tuvo lugar la toma de posesión y jura del cargo en presencia del presidente Suárez. «Prometo por mi conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo de presidente de la Generalidad de Cataluña con lealtad al rey, respeto a los derechos de la persona y estricta observancia de la ley», fueron las palabras del juramento.

Figuras de la cultura: Victoria Kent y Federica Montseny

Victoria Kent: la abogada que no renunció a la bandera tricolor

Victoria Kent Siano fue una de las figuras más notables de la Segunda República española y una de las mujeres que más tempranamente rompió las barreras de género en la vida pública del país. Con la proclamación de la República en 1931, Kent fue elegida diputada por Madrid y nombrada por Manuel Azaña directora general de Prisiones, cargo que ocupó entre 1931 y 1934. La Guerra Civil la sorprendió en funciones diplomáticas. Ejerció como secretaria de la embajada española del gobierno republicano en París, donde auxilió a los republicanos que escapaban del conflicto. Kent se trasladó a México y en 1950 fue reclamada por la ONU para trabajar en su sede de Nueva York. 

El 11 de octubre de 1977, a los setenta y nueve años de edad, Victoria Kent pisaba de nuevo suelo español tras treinta y ocho años de exilio. Su llegada, más discreta que la de otros exiliados ilustres, quedaba enmarcada en un país que estrenaba parlamento elegido el 15 de junio y que empezaba a fijar los contornos de su nueva democracia. En sus primeras declaraciones en el aeropuerto de Barajas, defendió una amnistía total sin restricciones y fue abiertamente crítica con las elecciones de junio de 1977, considerándolas insuficientes mientras no se permitiera participar a formaciones como ARDE ni votar a muchos exiliados.

Kent no venía a rubricar sin matices el relato triunfal de la Transición. Llegaba como militante de ARDE, un partido liberal y republicano que había quedado excluido de los comicios de junio, y por tanto convencida de que el nuevo sistema nacía con un déficit de representación. La fotografía de su llegada, con la bandera tricolor en la solapa, subrayaba un mensaje que no admitía ambigüedades: el antifascismo republicano entraba en la España de la monarquía parlamentaria sin renunciar a su propio legado. Pero la estancia fue breve. Kent anunció que regresaría a Nueva York, como efectivamente hizo, y no volvió a España hasta 1978, cuando presentó su libro Cuatro años de mi vida, publicado por la Editorial Bruguera.

Federica Montseny: la voz anarquista que no se calló

Federica Montseny Mañé encarna una de las trayectorias más radicales y coherentes del exilio español. Militante de la CNT y de la FAI, sus habilidades de oratoria la convirtieron en una de las voces más influyentes del movimiento obrero durante los años de la República. En noviembre de 1936, fue nombrada ministra de Sanidad y Asistencia Social en el gobierno de Largo Caballero, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en la historia de España y de toda la Europa occidental. La derrota republicana obligó a Montseny a cruzar la frontera francesa en febrero de 1939, compartiendo el destino de medio millón de personas que huían de la metralla y las persecuciones.

El 26 de abril de 1977, Federica Montseny llegó a Barcelona en automóvil procedente de Toulouse, donde había residido durante los últimos años de su exilio. La última vez que había pisado suelo español había sido al final de la Guerra Civil. Tras su llegada se trasladó a la sede del comité de Cataluña de la CNT, donde fue recibida por miembros del comité y por los militantes presentes en los locales.

El momento culminante de su regreso se produjo el 2 de julio de 1977, cuando Montseny participó en el mitin y fiesta libertaria organizado por la CNT-AIT en Montjuïc, el mismo lugar donde tantos luchadores anarquistas habían sido ejecutados y sepultados durante el franquismo. Trescientas mil personas se reunieron en aquel acto. Montseny fue una de las oradoras principales, junto a Josep Peirats, Juan Gómez Casas y otros dirigentes cenetistas. La imagen de aquella mujer de setenta y dos años dirigiéndose a una multitud en el escenario de tantas ejecuciones franquistas constituye uno de los momentos más potentes y menos recordados de la Transición.

A diferencia de otros exiliados que buscaron una acomodación con el nuevo sistema, Federica Montseny mantuvo una posición de frontal rechazo. Se opuso firmemente a los Pactos de la Moncloa de 1977, que consideraba una traición a los intereses de la clase trabajadora, y rechazó el sistema político constitucional instaurado en 1978. 

Restos mortales: Francesc Cambó y Francisco Largo Caballero

«Porque quiero volver a España, aunque sea muerto, adonde he nacido y he desarrollado todas mis actividades para hacerla grande moral y materialmente»

Francesc Cambó: el catalanismo conservador vuelve a casa

Francesc Cambó i Batlle fue una de las figuras más influyentes y controvertidas del catalanismo político del primer tercio del siglo XX. El golpe de Estado de julio de 1936 y el estallido de la Guerra Civil situaron a Cambó en el bando franquista. Temiendo los cambios revolucionarios en la zona republicana, contribuyó financieramente al esfuerzo bélico de Franco. Sin embargo, terminada la guerra, no regresó a España. Se instaló en Argentina, donde falleció el 30 de abril de 1947 en Buenos Aires. Durante las tres décadas siguientes, sus restos permanecieron en suelo argentino, lejos de la Cataluña que había sido el centro de su vida política y cultural.

La repatriación de los restos mortales de Francesc Cambó se produjo en julio de 1977. El féretro de Cambó aterrizó en el aeropuerto de El Prat de Llobregat a las doce y cuarto de la madrugada del 2 de julio, donde fue recibido por su viuda, Mercè Mallol de Cambó, su hija, sus nietos y varios dirigentes políticos. El entierro tuvo lugar esa misma tarde en el cementerio barcelonés del Sureste. Unas cuatrocientas personas acudieron al acto, entre las que se encontraban la viuda del político, el alcalde de Barcelona y numerosos representantes del espectro político catalán. El féretro fue cubierto con la bandera catalana y depositado en el panteón familiar, donde podía leerse la inscripción que Cambó había elegido como epitafio: «Passarà tot i el fet viu de Catalunya persistirà» («Pasará todo y el hecho vivo de Cataluña persistirá»). 

Los familiares de Cambó expresaron su deseo de que el acto se desarrollara sin politización, y en efecto la ceremonia mantuvo un tono predominantemente civil y emotivo. No obstante, la mera presencia de la bandera catalana cubriendo el féretro, los cánticos tradicionales y la inscripción en catalán conferían al evento una carga simbólica ineludible. La repatriación de Cambó significaba el retorno póstumo de una tradición política —el catalanismo conservador de la Lliga— que había sido doblemente desplazada: primero por la Guerra Civil y la dictadura, que aniquilaron cualquier expresión de autonomismo catalán, y después por el propio exilio de Cambó, cuyo apoyo a Franco complicaba su recuperación como referente democrático. Su entierro en Barcelona, treinta años después de su muerte, funcionó como un acto de restitución de la memoria del catalanismo como hecho cultural y político, más allá de las adscripciones ideológicas de su protagonista.

Francisco Largo Caballero: el entierro que movilizó a la clase obrera

Francisco Largo Caballero fue una de las figuras centrales del movimiento obrero español durante la primera mitad del siglo XX. De origen humilde —era estuquista de oficio—, su compromiso con el socialismo lo llevó a ocupar responsabilidades de primera magnitud: presidente de la Casa del Pueblo madrileña, presidente del PSOE, secretario general de la UGT, concejal, diputado provincial, diputado en Cortes en tiempos de Alfonso XIII y de la República, miembro del Consejo de Administración de la OIT, ministro de Trabajo en el gobierno provisional de la República y en los gobiernos del bienio reformista, y presidente del Gobierno de España durante la Guerra Civil.

La derrota republicana lo llevó al exilio en Francia, donde la Segunda Guerra Mundial agravó dramáticamente su situación. Los ocupantes nazis lo internaron en el campo de concentración de Sachsenhausen, en Alemania, donde Franco confiaba en que moriría. Contra todo pronóstico, sobrevivió y, terminada la guerra, regresó a París, pero su salud estaba irremediablemente quebrantada. Falleció el 23 de marzo de 1946. Su entierro en el cementerio de Père Lachaise, al pie del Muro de los Federados —dedicado a los mártires de la Comuna de París—, fue un acto multitudinario con presencia del gobierno republicano en el exilio, dirigentes socialistas y comunistas, representantes de la CNT y del socialismo francés.

Largo Caballero había redactado su testamento en 1941. En el punto segundo expresaba con absoluta claridad su voluntad póstuma: quería que, en cuanto fuera posible, sus restos se trasladasen a Madrid, «porque quiero volver a España, aunque sea muerto, adonde he nacido y he desarrollado todas mis actividades para hacerla grande moral y materialmente».

A principios de abril de 1978, los restos fueron exhumados en Père Lachaise. El 6 de abril, el féretro llegó al aeropuerto de Barajas. El féretro fue cubierto con la bandera de la UGT y trasladado sucesivamente a la sede de la Federación Madrileña del PSOE. Finalmente, se abrió una capilla ardiente en la sede de García Morato, con el féretro cubierto por las banderas del PSOE y la UGT y rodeado de claveles rojos. Por la capilla desfilaron, además de socialistas y ugetistas, Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Marcelino Camacho y Enrique Tierno Galván, quien destacó la reparación histórica que suponía la repatriación.

El entierro se produjo el sábado 8 de abril de 1978. La comitiva partió desde la plaza de Las Ventas a las cuatro y media de la tarde, y recorrió los tres kilómetros y medio que la separaban del Cementerio Civil de Madrid. La asistencia fue colosal: aproximadamente cuatrocientas mil personas según la Policía Municipal, lo que convirtió el acto en una de las manifestaciones más grandes de toda la Transición española. 

El entierro de Largo Caballero constituyó mucho más que un acto funerario. Fue una demostración de la intensa pervivencia de la memoria histórica del socialismo y del republicanismo en una sociedad que llevaba cuatro décadas sometida a una dictadura que había intentado borrar esa tradición. La magnitud de la movilización —cuatrocientas mil personas en las calles de Madrid— revelaba que la memoria del movimiento obrero no había sido extirpada, sino que había sobrevivido de forma subterránea y resurgía con una fuerza que sorprendió incluso a la propia dirección del PSOE.

Conclusión: los regresos como espejo de la Transición

Leídos en conjunto, estos episodios revelan que la Transición fue, también, un proceso de integración selectiva del exilio: se acogió a quienes aceptaron las nuevas reglas del juego, se celebró a quienes encarnaron la reconciliación, pero se marginó a quienes mantuvieron posiciones incompatibles con el consenso constitucional. La memoria del exilio fue incorporada al relato democrático de forma parcial, como fondo testimonial y simbólico, pero rara vez como fuente de legitimidad alternativa o como proyecto político vigente. Las tensiones entre la memoria del interior y la del exterior, entre el reformismo y la ruptura, entre la reconciliación y la reparación, anticipaban las dificultades que la sociedad española habría de enfrentar durante las décadas siguientes para articular un relato compartido sobre su pasado inmediato y sobre los fundamentos de su democracia.

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